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La vida después de matar a un ladrón: «El dolor no me lo va a sacar ni la absolución»

José Alberto Esteche (40) tuvo un sueño del que recuerda pocas cosas. Era en la puerta de un quiosco de barrio. Allí se encontraba con tres pibes, de los cuales solo reconoció a Agustín Argüello (18). Cuando cruzaron miradas y se dieron cuenta quién era cada uno, le pidió hablar alejados del resto. «No, está todo bien. Ya fue; olvidate de lo que pasó…», cuenta que fue la respuesta del joven.

Esteche y Argüello se habían cruzado un mes antes, el 21 de septiembre de 2017, a las ocho de la noche. No era precisamente un sueño, sino la vida real, en un intento de robo. Argüello, acompañado por un cómplice de 15 años, apuntaba y amenazaba a la cuñada y a una de las hijas de Esteche, que le pedía a gritos que bajara el arma. Los jóvenes tenían un revólver calibre 32 (más tarde se sabría que estaba descargado) y el dueño de casa, una pistola calibre .40.

El saldo de lo ocurrido en “AP Sports”, la tienda de zapatillas de Esteche en Villa Centenario, Lomas de Zamora, fue de un asaltante fallecido (Argüello) y otro herido de bala en el abdomen. Afuera esperaban otros dos hombres.

Todo quedó registrado en las cámaras del local. En las imágenes se observa cómo después de disparar, Esteche llama al 911 y conversa con el herido, quien termina yéndose a su casa, ubicada a cien metros.

Rápidamente los familiares de los ladrones llegaron, dañaron la propiedad y acusaron a Esteche de narcotraficante. Desde ese día la familia, que vivía arriba del comercio de zapatillas, tuvo que irse del barrio. Hoy viven con miedo: denunciaron amenazas telefónicas y otros ataques a la propiedad.

Son las diez de la mañana de un sábado y en el bar de una estación de servicio, Esteche cuenta que había comprado su arma en 2009. Era socio del Tiro Federal de Lomas de Zamora.

“Lo tomaba como un hobby; soy legítimo usuario. La pistola estaba descargada en mi habitación. Yo estaba mirando el partido de River, me enteré que abajo había dos personas armadas, cargué el arma y bajé”, cuenta. A seis meses de aquella noche, y mientras espera que se resuelva el pedido de su absolución, conversa con Clarín sobre sus nuevos días.

El dolor de haber quitado una vida no me lo va a sacar ni la absolución. Eso solo sería una tranquilidad. Estoy a favor de la vida de las personas, hagan lo que hagan”, confiesa.

“Calculo que con los años, al entender que lo hice para defender la vida de mi familia, que no tuve la intención y que me obligaron a eso, tal vez pueda estar mejor. Los pibes habían cerrado el local con llave. Bajé de casa cuatro minutos después de que entraran y les grité que tiraran el arma. Cuando el mayor hizo dos pasos hacia donde estaba mi cuñada, disparé. Yo no sabía si la iba a matar o a tomar como rehén, o qué. Porque hasta ese momento no habían pedido plata ni zapatillas, nada. No me justifico. Pero creo que cualquiera hubiera hecho lo mismo”

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