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Rugby argentino 2020, un año que pudo ser el mejor y terminó siendo el peor

La disciplina cierra de la peor manera un año que en lo deportivo casi alcanzó la brillantez con el triunfo por primera vez sobre los All Blacks y los dos empates con Australia.

 

El rugby argentino cierra de la peor manera un año que en lo deportivo casi alcanzó la brillantez con el triunfo por primera vez sobre los All Blacks y los dos empates con Australia, aunque terminó de modo lamentable para un deporte que pregona valores que suenan dulces al oído, pero que muchas veces se dan de bruces con la realidad.

Un año que comenzó muy mal con el asesinato del joven Fernando Báez Sosa en Villa Gesell a manos de un grupo de rugbiers juveniles y que cerró también muy mal con el pobre homenaje ofrecido por Los Pumas a Diego Maradona y la aparición de mensajes racistas y xenófobos escritos hace ocho años por el capitán del seleccionado, Pablo Matera, y sus compañeros Guido Petti y Santiago Socino.

Manifestaciones que generaron el repudio de la World Rugby, de organismos como la Secretaría de Deportes y el Inadi, y del ministro de Turismo y Deportes, Matías Lammens, quien aseguró que «la solución no es solo en el castigo, esto del rugby es mucho más profundo», una definición exacta de la situación.

 

Y es más profundo porque la Unión Argentina de Rugby, la entidad máxima del deporte, pasó en 48 horas de suspender a los tres jugadores a dar marcha atrás ante la presión que ejerció el plantel de Los Pumas, que cerró filas con mucho de espíritu de cuerpo y no tanto de reflexión, presión a la que se sumó el denominado Mundo Rugby, integrado por jugadores, entrenadores, dirigentes e inclusive periodistas, con el argumento de que los comentarios databan de mucho tiempo y los involucrados habían pedido disculpas.

 

 

Hasta no faltaron las llamativas declaraciones de Carlos Araujo, presidente de la UAR hasta hace dos años, quien adjudicó el estado público de los cuestionamientos a «una guerra política entre albertistas y macristas».

 

Un como mínimo curioso razonamiento que puede ser una buena punta para entender cómo es que en el rugby argentino conviven confusamente enseñanzas ejemplares y actitudes deleznables.

 

El rugby argentino contiene iniciativas loables como el Programa 2030 hacia una «nueva cultura» de la UAR, que tiene como objetivo reconocer y resolver la conflictividad relacionada con este deporte en el país.

También existen equipos que promueven la inclusión y la diversidad, como Los Espartanos, formado por internos de la Unidad Penal 48 de San Martín; los Ciervos Pampas, compuesto por jugadores que luchan por visibilizar los derechos de la comunidad LGBT, o el Tobas Rugby, integrado por formoseños de la comunidad toba qom.

 

Sin embargo, predomina una matriz dirigencial que toleró por décadas el elitismo del club Universitario de Buenos Aires (CUBA), uno de los de mayor peso en su seno, que prohibía a las mujeres ser socias plenas hasta noviembre de 2018.

 

O que pregona los valores que difunde el deporte cuando son moneda corriente las peleas que protagonizan los jugadores en sus salidas nocturnas, como la que tuvo como actor al propio Matera hace cinco años en Pilar, o los recientes hechos de violencia en Córdoba que involucraron a juveniles del Tala, y otro en Roldán con jóvenes de Atlético del Rosario, uno de los fundadores de la UAR en 1899.

 

Contradicciones que no son nuevas y que tienen antecedentes lejanos como cuando el seleccionado argentino, maquillado como Sudamérica XV, quebró el bloqueo internacional al régimen racista y visitó en 1982 a Sudáfrica en pleno apartheid.

 

Y más cercanos y graves, como el prometido y nunca cumplido homenaje a los 152 rugbiers desaparecidos en la última dictadura militar. No es casualidad que Los Pumas, como representativo nacional, jamás hayan visitado la ex ESMA, lo que sí hicieron los All Blacks en 2019.

 

Télam

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